El Tren de la Vida

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Sé que suena algo bucólico pero la metáfora de un tren para visionar nuestras experiencias vitales es recurrente, todos alguna vez hemos comparado las oportunidades con estaciones y nuestra vida como un viaje. El tren tiene ese aro de nostalgia que ayuda a complementar la metáfora y hacerla aún más bonita si cabe.

Por eso cuando Charo me recibió en su casa con un precioso tren de madera, con sus locomotoras y vagones y sus diferentes estaciones, no pude evitar sentir ansias de escuchar la historia del “viaje” que me iba a contar. Y es que la historia de nuestra vida, según Charo, no comienza con nuestro propio nacimiento, porque nosotros no venimos de la nada, tenemos una historia, una muy reciente y que merece nuestra atención, la historia de nuestra madre. Y es que nuestra mamá también cuenta, tanto como contamos nosotras en la vida presente de nuestros bebés, ¿o no?

El tren de la vida que me enseña Charo, en principio, es una locomotora donde pone MAMÁ que inicia su viaje en la estación del nacimiento, porque nuestras abuelas también parieron a nuestras madres y ellas lo afrontaron a su manera, según si somos el primer hijo o el cuarto, como es mi caso, los miedos, el enfrentamiento y las espectativas al parto son diferentes y esto influye, mucho, en la crianza de los hijos. Así, nuestra madre también tubo una infancia, una estación que nuestras madres vivieron bajo el techo de nuestras abuelas en la mayoría de los casos, con unas normas, juegos, hábitos de comida, hermanos, enfermedades…hasta que llegaron a la adolescencia,  estación en la que la mujer que llevamos dentro empieza a forjarse, a construirse, a aprender a volar sola hasta llegar a la estación de la madurez, ¿o no? ¿estaba nuestra madre en la madurez cuando decidió tenernos?

En este punto Charo saca un complemento de madera que se adhiere a la locomotora de su madre, ese complemento es el nacimiento de ella misma, un nacimiento que llega tras tres días de parto, seguido de un montón de enfermedades, así que la madre de Charo, que de seguro tenía otras espectativas, llegó al inicio de su madurez con un bebé que no se esperaba, con una realidad que no había imaginado. Una madre que ahora lleva un complemento en su locomotora, una madre que está en plena euforia, quiere salir, tiene veintitantos años, quiere vivir; no todas las madres están preparadas para el parón que, a veces, supone un hijo, preparadas para una parada en la estación algo más larga de lo que habían imaginado, acompañando a un bebé que ha llegado y que además no es lo que ellas esperaban. En estas situaciones es normal que las mujeres sufran un cierto rechazo, que socialmente no es comprendido, pero que lo provoca ese choque entre la realidad y las espectativas, esa lucha entre la Madre y la Mujer que nuestras madres llevan dentro, esa lucha de las ganas de vivir frente al parón obligado por un bebé que no cumple las espectativas. Al lado de nuestra madre, lo normal es que haya una pareja, pareja que debe ocupar el rol de padre y no el de madre, pareja que Charo nos asegura en estas etapas, no debe ser el 50%, sino el 10%, un 10 buenísimo, que aporta muchas cosas necesarias, entendiendo que la madre tiene unas necesidades que debe cubrir. Ella al principio, es el 90%.

En este punto, Charo saca otra locomotora, la que le representa a ella misma, la locomotora que se independiza de la madre y toma su camino, cuando la propia Charo llega a su madurez y decide tener sus propios hijos, otra familia, en otra vía de tren. En la sociedad actual nos han enseñado a que esta separación no tiene por qué producirse, que podemos ir todos juntos, sin separar la vía, porque las abuelas tienen una experiencia que nos puede ayudar, pero es necesario separar las vías y hacer ver a las abuelas que ese vagón llamado hijo irá en nuestra locomotora, ya no en la suya, ella no tendrá vagones que se llamen nietos. Ella debe vivir su vida, llegar a la estación de la vejez, una estación en la que estará acompañada por nosotros, pero desde otro tren, en una vía paralela.

Ahora Charo comienza a hablar de su propia vida y nos hace una pregunta ¿por qué nos hemos hecho locomotoras? ¿por qué hemos decidido embarazarnos?, porque tenemos una pareja, por independizarnos, porque es lo recomendado en la sociedad, ¿por qué? ¿en qué momento estaba? ¿en la madurez o en la adolescencia? Yo también soy joven, estoy en plena euforia, pero debo prepararme para parilizar mi vida y cubir las necesidad de un bebé que comenzará su infancia y que, lógicamente, estará dependiendo de mi locomotora hasta su madurez.

Debo reconocer que sentirme tan identificada con el relato de Charo me hizo desahogarme con ella, relatarle, una vez más, ese incumplimiento de espectativas que para mi supuso mi bebé. Yo, aunque tenía 33 años, seguía en la adolescencia, en una etapa en la que estaba acostumbrada a vivir, a salir, a disfrutar de una vida sin “vagones”, sin “cargas”. Asimilé el parón, llegando a la estación de la madurez, cuando mi hijo cumplió un mes y medio, el enamoramiento de una madre por su bebé no tiene por qué surgir en el mismo momento de su nacimiento, el mio no llegó hasta más tarde.

Este café ha dado mucho de sí,  son mil los temas que han surgido y yo, como siempre, tengo ansias de saber, impaciencia que me lleva a preguntar, a no dejar de preguntar, por lo que Charo deja de lado el tren que nos ha conducido por este relato lleno de confesiones para hablar de temas como la igualdad y la conciliación, temas que seguiremos tratando en otro café con Charo.

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