Mis miedos son tus miedos

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te cuento madre y punto redondo

 

Raúl sabe que ahí fuera hay monstruos acechándole, así que cada mañana,

antes de salir de casa, debe realizar su ritual de protección. Primero el

ungüento mágico, preparado cuidadosamente por mamá, que Raúl extiende

por aquellas partes de su cuerpo que no quedan cubiertas por la ropa. Después

toca deshacerse de los miedos. ¿Cómo? Muy sencillo: sopla con fuerza dentro

de una caja de metal que su madre cierra herméticamente para que sus

temores mueran por la falta de oxígeno. Por último, el beso mágico, ese mismo

que le da mamá antes de poner un pie en el colegio y cuyo efecto durará hasta

la hora de regresar a casa. Raúl no olvida ninguno de los pasos porque todos y

cada uno de ellos le ayudan a enfrentarse a aquello que tanto le asusta.

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Lo más curioso de esta historia es que, aunque bien podría formar parte

de una antología de cuentos infantiles, es real. Raúl tiene siete años y tiene

miedo a la muerte, como muchos niños de su edad; también, a que las cosas

que toca puedan transmitirle alguna enfermedad, por eso lava sus manos casi

obsesivamente. El ungüento mágico es una crema hidratante que compra

mamá, o sea, yo, en el supermercado, y la caja de metal es uno de esos

trastos inútiles que hay por casa que de repente han pasado a cumplir una

función ilustre. Del beso poco tengo que decir porque el poder asombroso de

un beso no puede explicarse con palabras.

Como en los cuentos, durante la infancia los monstruos y las brujas

acechan a nuestros hijos y estos no siempre salen airosos del primer

encuentro. Ayudarlos a sobreponerse a estos lances se convierte, sin duda, en

un objetivo para los padres y, a veces, desgraciadamente, en un auténtico

quebradero de cabeza.

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Nuestros hijos sienten miedo de manera involuntaria, así que para

ayudarles a vencerlo olvidemos la sobreprotección, armémonos de paciencia y

felicitémosles en cada pequeño acto de valentía. Hay que hablarles con

naturalidad de los temas que les asustan pero también podemos hacer algo

más. La terapia del juego se convierte aquí en un recurso muy útil. Se puede

consultar a un especialista porque ellos hacen fácil lo que creemos imposible.

El caso de Raúl solo es un ejemplo y es admirable cómo se implican los niños

cuando se trata de poner en práctica este tipo de estrategias. Además,

enseguida obtienen resultados positivos y eso les motiva a seguir adelante. Es

sorprendente cómo la mente de un niño se deja llevar por el poder maravilloso

de ese tipo de juegos o técnicas. También los padres deben dejarse llevar y

convertirse en cómplices para alcanzar el éxito. El primer día que apliqué una

de esas técnicas, mi hijo, después de soplar sus miedos dentro de la caja de

metal (hay que ver con qué intensidad y entrega lo hacía), me confesó que ya

no estaba tan asustado y quiso saber cómo sabía yo lo de la crema mágica. Le

dije, con total naturalidad, que las mamás somos muy listas y que ya mi madre

me aplicaba el ungüento cuando yo era niña.

Sobre el tema de los miedos en la infancia hay muchos libros, unos más

teóricos dirigidos a los adultos, y otros más apropiados para trabajarlos con los

peques de la casa. Mi propuesta, para leer con nuestros hijos, es Yo mataré

monstruos por ti, de Santi Balmes. Cuenta la historia de Martina, una niña

asustadiza que está convencida de que bajo sus pies hay todo un mundo

habitado por monstruos que caminan boca abajo. Un relato tierno y con unas

ilustraciones, de Lyona, magníficas. También está en versión interactiva.

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