La última fan

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A Lucía la conocí en una pequeña tienda de discos del barrio de La Latina. Me llamó la atención porque a pesar de su edad, calculo que por entonces unos 70, se desenvolvía por el establecimiento a un ritmo sorprendente. Luego descubrí que regentaba el local varias décadas atrás y que había logrado hacer frente a la crisis adaptándose a los nuevos tiempos y a las necesidades de sus fieles clientes, como ella misma me confesó. Me sorprendió que a pesar de que la tienda daba cobijo a música de tendencias y épocas varias, en las paredes apenas había espacio para otra cosa que no fueran The Beatles. Me llamó la atención la portada del disco que decoraba la pared de detrás del mostrador: “Yesterday and Today”, en la que unos jóvenes Beatles posaban con batas blancas, muñecos decapitados y pedazos de carne cruda. Una portada muy controvertida, como me explicó Lucía, una dura crítica a la Guerra de Vietnam que cinco días después de su publicación fue retirada y sustituida por otra. Sin duda, el vinilo más caro para los coleccionistas. Y ella lo tenía.

Percibí una ligera ofensa en su mirada cuando le insinué que aquella portada debía de ser una reproducción de gran calidad pues exhibir algo tan valioso sería un reclamo para los coleccionistas poco respetuosos con la propiedad ajena. Ella siguió con lo que estaba haciendo y no volvió a dirigirme la palabra hasta unos minutos más tarde, ignorando intencionadamente el tiempo de espera que llevaba frente al mostrador para que me cobrara mis adquisiciones. Entonces lo soltó como si nada: yo conocí a The Beatles.
Lucía había convivido con una tía en Liverpool en la década de los 60 del pasado siglo que trabajaba en una tienda de comestibles en Mathew street donde su sobrina solía esperarla muchas tardes para regresar juntas a casa. Lucía tenía por costumbre detenerse en la puerta del pub The Grapes donde la banda se reunía antes de actuar en The Cavern. En cierta ocasión intercambió alguna que otra palabra con el grupo, sin embargo, los largos silencios acompañados de una enigmática sonrisa me hicieron sospechar que quizás la relación con ellos no había sido tan fortuita como quería hacerme pensar. El caso es que Lucía regresó a España unos años después y empleó cada peseta de su sueldo en recorrer el mundo para reencontrarse con el cuarteto. Una auténtica groupie, volví a sugerir desacertadamente. Lucía me dirigió otra mirada de reprobación. Sin embargo, no dejó de hablar acerca de lo que en aquella época suponía ser fan incondicional de un artista. Había, según me confesó, una conexión especial entre el seguidor y la obra del autor, una comprensión de su música, de sus letras, de su comportamiento dentro y fuera del escenario que hacía que cobrara sentido la fidelidad al grupo. Algunas de mis alumnas, le conté tratando de simpatizar con ella, harían cualquier cosa por compartir esas experiencias con Justin Bebier. A sus ojos debí parecerle un auténtico idiota, si es que había dejado de parecérselo en algún momento. Después de mi comentario, se limitó a cobrarme y abandonó el mostrador sin ni siquiera despedirse.
Volví muchas veces después a su local y con el tiempo perdonó mis comentarios desafortunados e incluso me confesó alguna historia que en la actualidad más de uno mataría por hacer pública.
Tiempo después las palabras de Lucía acudieron a mi mente golpeándome con fuerza. Paseaba con mi perro cerca de la Plaza de Las Ventas a eso de las diez de la noche, cuando percibí un flujo de gente mayor del habitual para esas horas y la baja temperatura del momento. No pasaban desapercibidos pues cargaban con grandes bultos a pesar de no parecer refugiados de guerra. Seguí sus pasos por pura curiosidad hasta dar con el objeto de su peregrinación: la plaza de toros. Una vez allí no tardé en descubrir lo que ocurría: un ejército de padres armados con sacos de dormir y neveras portátiles se preparaban para pasar la noche a la intemperie con el fin de conseguir un sitio privilegiado a sus hijos en el concierto de One Direction. Los papás, resignados a los caprichos de sus vástagos, habían decidido hacer cola para que su prole, que dormía plácidamente al calor del hogar, pudiera estar lo más cerca posible de sus ídolos. No importaba el frío, ni el sueño, o tal vez sí, pero quizá más la imprevisible reacción de un adolescente. Pensé, casi sin darme cuenta, en la esclavitud, el yugo al que eran sometidos estos padres por sus hijos, y, sobre todo, en la idea de fidelidad de la que tanto me había hablado Lucía. Miré con gran satisfacción a mi perro que olisqueaba, ajeno al campamento de refugiados, los excrementos de sus semejantes.
No pude, sin embargo, detenerme demasiado en mis reflexiones porque una horda de enajenados seres inundó el recinto en cuestión de segundos. Portaban móviles centelleantes en sus manos y buscaban algo con ciega desesperación. Reconozco que me asusté y busqué refugio entre los abnegados padres. Estos me explicaron que los “iluminados” estaban cazando Pokémon, una especie de criaturas fantásticas capacitadas para el ataque y susceptibles de ser capturadas por una Poke Ball. Temí por mi vida porque aquellos fieles seguidores del demonio no parecían detenerse ante nada ni nadie.
Cogí a mi perro en brazos y abandoné la zona cero pensando que Lucía bien podría haber sido un buen título para una canción de The Beatles.

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