La maternidad y el…sexo!

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Y ahora que he logrado llamar vuestra atención ya podéis empezar a hacer otra cosa…porque muy lejos queda este post de algo pornografico y tórrido.

Recuerdo cuando no había horas, ni importaban los minutos, ni los preliminares, cuando la mente se quedaba en blanco y el dejarse llevar era placentero. Ahora los placeres que me da la almohada con sus horas de sueño compiten fuertemente con los orgasmos y la complicidad del padre es ese gesto que sólo tu y él entendéis que significa “se ha dormido, cuidado!”

Atrás quedaron los ropajes de seducción, he cambiado mis sujetadores de bordados por unos de lactancia, eso si, súper fáciles de desabrochar y mucho más accesibles para ir al grano; mi lencería fina se escondió en algún lugar recóndito del cajón en aquellos días de post parto llenos de cicatrices y costuras; mis saltos de cama dejaron de saltar y se arrastraron a las cajas de ropa de verano hasta nuevo aviso, los camisones de franela talla XXL con botones en el escote los sustituyeron hace 9 meses.

Hay un proceso que nadie te explica entre el momento en el que tu tripa te llega ya hasta la garganta, por ahí por el octavo mes, y tu cicatriz se cura; esto es, se le caen los puntos y aquello recupera su flexibilidad y movimiento habitual. Ese momento es más cercano a los monjes budistas del Tíbet que a los conejitos de play boy. Más allá de la cuarentena, la ochentena en el mejor de los casos o ¿mejor la centena  o las unidades de millar? (y cualquier parecido a una chica del telecupón es pura casualidad), pues eso, más allá, en algún lugar no puntualizado del tiempo estará tu libido, no has de preocuparte, volverá. Pero es absurdo pensar que lo hará de la misma manera y que todo será igual, porque tú has cambiado y eso lo hace todo diferente.

Muchos ejercicios de kegel, muchos mimitos y arrumacos, pero la mente te habla de ese chiquinajo que cohabita con vosotros en la habitación y la mente es muy poderosa. Desde que di a luz es como si mi cuerpo ya no me perteneciera sólo a mi, alguien necesita de cada centímetro para poder sobrevivir y eso lo hace todo mucho más complicado. Ese estado de anti-egoísmo que nos caracteriza a las madres se hace extensivo al mundo entero al principio hasta que te das cuenta de que sólo debe ser con tus hijos y para lo demás un poco de mirar para una misma no esta mal y no debes sentirte mal por ello.

En mi caso, como para mi el parto fue algo traumático, la sexualidad no era algo que me planteara si quiera, pero si la complicidad, las conversaciones eternas en la cama antes de dormir, acompañarnos mutuamente a todas partes…la convivencia, al fin y al cabo. Por que todo eso, sobre todo al principio, se acaba, y empieza otra manera de coexistir con el papá. Un modo más cercano al compañerismo que a la sexualidad. De pronto, todo pasa a girar en torno a las necesidades de un tercero, olvidando casi las de una misma, olvidando las de ambos. Probablemente el padre sienta ciertas necesidades antes que la madre, pero no porque quieran menos a los chiquitines, si no por que para ellos el cambio es totalmente diferente, entre otras cosas porque su cuerpo no ha cambiado en absoluto. Nosotras en cambio cambiamos mente y cuerpo, un giro de 180° en el que debes mirarte al espejo y asumirte, física y mentalmente.

Siempre he creido que para amar incondicionalmente a alguien primero debes amarte a ti mismo, conocerte y quererte y el tener un hijo conlleva un nuevo reconocimiento, para poder amarle a él y al papá que te acompaña en los desvelos.

Así, la libido, vuelve, en algún momento entre pañales, despertares, tomas; vuelve, en una versión más cómplice, más íntima en una nueva versión de ti, de vosotros.

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