La estafa de la conciliación 

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Soy Elena, mamá de Abraham de casi 9 meses, Licenciada en Filosofía y Arquitecto Técnico, madre lactante, con un master en dirección de Recursos Humanos, que cría en apego y tiene un nivel B2 de inglés. Este es mi curriculum, para todos, para los amigos y los jefes, porque no puedo ocultar lo que soy, ni quiero ocultarlo.

En la actualidad soy autónoma, trabajo de noche y en las horas de siesta, no tengo apenas relación con el mundo exterior, mi conexión es mi marido, quien sigue manteniendo su extenso horario laboral, sus visitas a obra y sus clientes. Yo no existo para el mundo, mi empleo ha quedado relegado a una oficina, a un ordenador, a una labor de técnico administrativo muy cualificado.

Mis noches son mis días, mis horas de sueño se reducen a 8 con las tomas nocturnas entre medias, no, no quiero contabilizarlas, puedo con ello y eso me basta. Mi horario laboral oscila entre las 4 y las 6 horas diarias y si, rindo, saco mi trabajo adelante y a mi hijo nada le falta. Pero he renunciado a mi reconocimiento, a mis propios clientes, a evolucionar, me he puesto un techo de cristal en el que veo todo lo que podría ser y a lo que, tal vez, dentro de unos 3 años, cuando mi hijo empiece el colegio, podré empezar a acceder, renunciando a tener otro hijo porque el tiempo se alargaría, renunciando a un contrato por cuenta ajena porque no entenderían que a las 14 horas debo ir a recoger a mi nene o que hoy tiene fiebre y debo cuidar de él un par de días. Renunciando, si, a ser lo que soy, a una parte de mi que es tan yo como el resto, como lo es ser madre.

Aún así me considero una privilegiada por poder hacerlo como lo hago, veo despertar a mi hijo a diario, le cambio cada uno de sus pañales sin que nadie tenga que escribirme en una agenda el color, textura y número de heces, observo con pasión cada uno de sus logros y consuelo cada uno de sus llantos. Me compensa aunque siempre habrá una renuncia en mi, una frustración, bien llevada, pero frustración; que mi hijo a la larga notará, si no en mi actitud, en mi salario.

Cuando todo comenzó no fui tan privilegiada, el resto de mujeres trabajadoras tenían una baja de 4 meses, yo no. Sólo tenía dos opciones, o trabajar o perder clientes; y para establecer lactancia tuve que perdelos. Tras un parto complicado, una lactancia desinformada por la ignorancia del personal sanitario que me asistió, me enfrenté a un postparto doloroso y una lactancia sin éxito durante algunas semanas, con grietas, con perlas, con mucho dolor e incomprensión hacia mi bebé. Por suerte encontré mi taller de lactancia en Fuensalida, donde curaron mis problemas con información y comprensión, donde unas profesionales se implican y donde unas mamás, a través de su experiencia, nos ayudan, nos ayudamos, a sobrevivir a una lactancia socialmente estigmatizada, laboralmente incomprendida e incluso rechazada.

He sobrevivido a cada crisis de crecimiento con un ordenador y un pecho al aire, he porteado a mi hijo por viviendas ajenas mientras dibujaba planos y realizaba tasaciones y le he amamantado mientras contestaba llamadas de clientes. Así, cada mes de lactancia para nosotros es un regalo, un sueño hecho realidad gracias a nuestro grupo de madres, a nuestras enfermeras y matrona, y a mucha persistencia y cabezonería. Pero no puedo evitar sentirme cansada por andar luchando contra un lobo mucho mas fuerte que yo, la sociedad, las leyes que nos desamparan como madres y como lactantes, que nos dejan, a pecho descubierto, nunca mejor dicho, frente a la vida, porque esto que nosotras hacemos es vida, el trabajo sólo es una forma honrada de ganársela. Cuando gobiernos y sociedad apuesten por la vida, tal vez la lactancia sea más fácil para un mayor número de madres que a día de hoy se ven obligadas a renunciar a ella por mantener sus empleos, tal vez un mayor número de niños puedan gozar de esto que naturalmente les fue concedido, alimentarse de nuestras entrañas, arrullados en nuestros brazos y cobijados por nuestro amor.

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