El Fofisano ha muerto, ¡Llega el Gastrosexual!

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GASTROSEXUAL
Imagen de la web www.wapa.pe

Mucho ha llovido desde que el “metrosexual” aterrizara en nuestras vidas para hacernos

evidentes dos realidades: que nos estábamos quedando sin recursos lingüísticos

merecedores de nuestro respeto, y que los productos cosméticos que toda mujer guarda

en el baño corrían el grave peligro de acabarse antes de tiempo. ¿Qué ganamos a

cambio? Cientos y cientos de reportajes fotográficos de David Beckham alegrándonos las

paradas de autobús, los escaparates de las tiendas y las portadas de revistas.

El término en cuestión fue acuñado en 1994 por el periodista de moda Mark

Simpson para referirse al hombre de apariencia sofisticada que brinda culto al cuerpo,

entre otras cosas. Pero lamentablemente Beckham se ha hecho mayor y con él, también

el término. Y ante esa necesidad humana de etiquetar absolutamente todo y cuanto antes

mejor, surgió otro término, “fofisano”, que también contribuyó a revelarnos dos grandes

realidades: que nos estábamos quedando sin recursos lingüísticos merecedores de

nuestro respeto, y que los productos cosméticos que toda mujer guarda en el baño

volverían a durarnos lo que antes. ¡Bien! Este nuevo término, que ya ha dejado de serlo,

lo puso de moda MacKenzie Pearson (no tengo ni idea de quién es) para referirse al dad

bod, o “cuerpo de padre”, según ella “el equilibrio perfecto entre la barriga cervecera y el

cuerpo de gimnasio”. Un equilibrio chungo, vamos.

Pues, bien, el “fofisano” también ha dejado de estar a la moda para dar paso a otro

de los grandes: el “gastrosexual”. O también conocido como varón experto en el arte

culinario que no duda en emplearlo como arma de seducción masiva. Y no hablamos de

Carlos Arguiñano, aunque algunos lo consideran padre del término, cuestión sobre la que

yo tengo mis dudas porque de arte culinario sabrá y mucho pero de ahí a la seducción…

El caso es que este nuevo hombre se presenta como un atractivo cuerpo a un delantal

pegado sosteniendo una copa de champán y haciendo gala de un dominio técnico de las

armas culinarias que hace las delicias de sus invitados. Su formación: revistas de

gastronomía, cursos, catas de vino y horas de gimnasio.

Visto lo visto toca hacerse unas cuantas preguntas. La primera es qué habría

ocurrido si todos esos términos se hubieran acuñado a las mujeres. Quizás hubiera dado

para una tercera guerra mundial, quién sabe, porque hay mucha sensibilidad a flor de piel.

Y es que o los hombres son muy tontos y están dispuestos a desandar siglos de

“supremacía”, o son muy listos y les resbala todo aquello que a las mujeres enardece.

Otra cuestión es si hacía falta poner nombre a lo que debería ser lo natural en el sexo

masculino, y no me refiero a la cuestión de apalancarse en la cocina marcando músculo,

sino solo al hecho de apalancarse en la cocina. Lo que no aclara el término es si después

de enredarse entre fogones luego estos quedan como los chorros del oro, porque, claro,

eso poco tiene de seductor.

¿Con qué términos nos sorprenderán en los próximos años? Lo ignoro porque las

posibilidades son tan infinitas como ridículas. Lo que sí me queda más claro es que con

este nuevo término de “gastrosexual” no hay duda de que una vez más dos verdades se

nos hacen evidentes: que seguimos quedándonos sin recursos lingüísticos merecedores

de nuestro respeto, y que las bajas por accidente doméstico se van a disparar en este

último año.

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