Echarle huevos

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La expresión “echarle huevos” forma parte de nuestra idiosincrasia lingüística. Ya en el siglo XIX, aunque no es el primer testimonio, el capitán de navío Federico Gravina recurre a la expresión “¿que no hay huevos?” cuando el francés Villaeneuve llama gallina a la Armada española en Trafalgar porque aquel había alegado condiciones adversas para la batalla. No hablaré aquí del origen del término “echarle huevos”, sin embargo me concederéis la licencia de buscarle una explicación más personal y, por ello, nada autorizada. Esta versión me la puso en bandeja cierto conocido que, narrándome un episodio traumático de su infancia, me hizo reflexionar acerca del dicho.

Este amigo me contaba que en plena preadolescencia, y adolescencia incluso, su madre le encomendaba la arriesgada tarea de ir a por huevos. El riesgo no residía en volver con la docena intacta, sino en ser visto por el barrio con la cesta de mimbre destinada a darle cobijo. Salir del portal no debía hacerse a la ligera pues exigía asegurarse de que las calles quedaran despobladas y solitarias. Solo entonces se daba comienzo a la frenética carrera a la huevería. Para el regreso, obviamente, había que tomar las mismas precauciones.

Este hecho me recuerda mucho la sumisión que padecíamos los hijos con respecto a los padres no muchas décadas atrás. Si había que ir a por huevos se iba, sin rechistar. De igual modo, poco teníamos que objetar los jóvenes respecto a la ropa que llevábamos por esa misma época de los huevos. A ninguno de mi generación, y, por supuesto, de las anteriores, se nos ocurría poner alguna pega a la indumentaria que nuestras madres habían decidido que lleváramos. Daban igual las modas o las marcas, porque pocas veces, o ninguna, se nos daba opción a elegir aquello que más podía ir con nuestro estilo. Por ello, en algunas ocasiones, quedábamos convertidos en el hazmerreír del grupo, instituto o barrio, o incluso podíamos llegar a sufrir la humillación de otros más afortunados en el prêt-à-porter. Jamás se me hubiera ocurrido alterar mi, por aquel entonces, recatado fondo de armario y menos aún salir de casa maquillada o con tacones. Otra cosa es lo que hiciéramos después, una vez traspasado el umbral del hogar familiar.

niña rebelde madre y punto redondo

Hoy día, sin embargo, la cosa ha cambiado bastante. Los preadolescentes, y me atrevo a decir que los niños, deciden qué llevar y cuidado con el padre o madre que cuestiona sus gustos. Hoy los niños deciden su atuendo desde muy pequeños y lo que en un primer momento puede resultar gracioso a los padres, pronto deja de serlo para adquirir tintes, en caso de oponernos, de película de Tarantino. Lo ideal es enfrentarse a esa primera rabieta infantil causada por que el niño o la niña no comprende que no puede ir con el vestido de los domingos o el disfraz de Elsa al colegio, con sandalias de cuña o las uñas pintadas. Si te mantienes firme en esos primeros casos, enhorabuena. Pero como cedas, estás perdido. Y ceder es lo natural, como se cede con los canales de televisión o con las maquinitas electrónicas. Si sucumbes, entonces, a la ley natural de los padres consentidores vete preparando para el día en que tu querido adolescente necesite dos horas para mantener enhiesto el tupé o salga por la puerta enseñando mucho más de lo que nosotros ni siquiera nos atrevíamos a sugerir. Y prepárate para renunciar a cualquier proceso de cambio porque entonces ya será demasiado tarde. Será el momento de preguntarte, resignado, qué has hecho mal, y quizás tu memoria te sacuda con algún recuerdo ingrato del día en que tu hija de cuatro años te pidió aquellas sandalias de tacón del escaparate para poder lucir sus uñas de colores y tú reaccionaste celebrando el ingenio y viveza de la niña. Así que, ya sabéis, echarle huevos antes de que sea demasiado tarde.

En esta ocasión recomiendo Aprender a educar, de Pedro García Aguado y Francisco Castaño Mena. Sus autores utilizan un estilo sencillo y directo para guiarnos en la educación de nuestros hijos a través de las normas, los límites, la enseñanza a través del ejemplo… Puede ser una buena apuesta para empezar.

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