Colecho: de obligación a bendición.

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Es evidente que la realidad es muy distinta de la imaginación, en la última las cosas se tornan bellas por naturaleza, cómodas, transformando la realidad en un mundo ideal de luz y de color cual tómbola de Marisol. Así pasa con la maternidad, que durante el embarazo vamos por el mundo cantando, haciéndonos selfies de barrigas redonditas, y dando a entender al universo que tenemos la situación bajo control, con las ideas bien claras de lo que esperamos de la maternidad y del tipo de madre que queremos ser.

Hace poco leí una frase que de primeras me convenció, pero que poco a poco me he dado cuenta de que es una mentira como una casa; “era mejor madre cuando aún no era madre”, se explica, mejor madre por que tenías la idea de que no ibas a dejar a tus hijos jugar a la play, ver dibujos a deshoras, comer gusanitos para que te dejen en paz, dejarles el móvil para que se callen un ratito, bajo ningún concepto ibas a hacer colecho y todos ellos tendrían una carrera universitaria. Según la frase, la maternidad llega y te das cuenta de que es imposible mantener el decálogo y te vuelves una mala madre que cede a los caprichos de un niño malcriado.

Y he aquí el error, el error es que el decálogo de lo que es ser una buena madre lo ha puesto la sociedad y no lo niños y que por tanto, a quienes hemos escuchado en todo momento es al público y no a los protagonistas de la peli que son ellos, las criaturitas.

Todo el mundo tiene algo que decir acerca de cómo criar niños, de cómo hacerlo mejor que tú, como ya hemos dicho en otro post, pero sólo tú sabes criar a tu hijo, lo que necesita, más allá incluso de lo que se merece, porque si fuera por merecer se merece todo, que aguantar a esta madre es ganarse el cielo!

Así empecé yo mi maternidad, llena de supuestos, decálogos sociales e idealizaciones; siempre supe que quería dormir en la misma habitación que mi bebé pues mi corazón no está hecho para prueba de infartos, un sonido en mitad de la noche y vuelo por el pasillo para ver si respira! No! No podía ser…pero de dormir en la misma habitación a dormir en la misma cama, van 60 cm, una valla, un juego de sábanas y mucho espacio vital.

El primer día, con los puntos y la lactancia sin establecer enfundé a mi bebe arrugado en un pijama enorme, con gorro, manoplas y un arrullo de lana, le dormí, aparentemente, y le posé sobre aquella enorme y vacía cuna, una hormiguita en un mundo sin fin. Todavía no había vuelto a erguir mi cuerpo cuando una mueca seguida de un llanto desconsolado salió de la hormiguita de las narices que eso si, venía con voz de tenor sol y sound round de serie.

Día tras día lo intentábamos, una tarea difícil que había pasado a la resignación de que aquella cuna era demasiado grande aún, así que empezamos a usar el carro, si, si, el carro, no penséis mal de mi, situaciones desesperadas, medidas desesperadas; que el niño llora y le acabas de dar el pecho, carro pa’lante y pa’tras, una y otra vez… Reconozco que desde el otro lado de la cama, pues quien mecía era mi marido, veía aquella carita, y me sentía malvada…pero nunca pensé que el cansancio pudiera tanto.

Una vez controlada la lactancia las noches fueron regulándose, mi estabilidad mental y hormonal trajeron un tiempo de paz y felicidad y una mini cuna, con ruedas de plástico, para poder mecer al churumbel en los despertares no deseados por padres con decálogo social. Pero aquellas ruedas, aparte de rallar mi tarima poco efecto tenían, y al final terminaba levantándome 20 veces para calmarlo, porque eso si, nunca le dejé llorar, que eso de que ensanchan los pulmones fue algo que no me creí jamás.

Y entonces llegó la crisis de los 3 meses, que para el que no lo sepa, en la lactancia es como si pasas de ser una vaca frisona a ser una central lechera con sus controles de calidad y todo, traducido, el bebe necesita hacer más leche y cambia tu modo de producirla, es decir, unas semanas de acople y muchas horas de teta.

Mi cuerpo dio de sí lo que pudo, pero llegó un momento en que no podía más y en el anonimato que da la oscuridad metí al peque en la cama, y dormí, dormimos, nos fundimos en un abrazo apasionado cual peli de Hollywood.

Al principio del colecho lo interpreté como una auténtica necesidad de supervivencia, lo justificaba así, no sé porque pero te ves dando explicaciones a la gente de por qué duermes con la persona que más quieres en el mundo.

Después de la crisis y volviendo a la normalidad algo hace que no quieras devolver al retoño a su cuna, llámenlo apego, llámenlo dependencia, dejarle unas horas en la noche si, pero de madrugada… ven con mamá cachorro que te necesito, si, yo a él.

Muchas teorías en contra, que si le vas a aplastar, que si no lo sacas ahora no le sacas de la cama ya hasta que sea mayor, que si te esta haciendo chantaje. Sea cual sea la verdad de todo esto a mi lo que me vale es mi verdad.

Y mi verdad dice que duermo con los dos hombres de mi vida, que he descubierto un aliento que me agrada, una respiración que me tranquiliza, un calor templado que me mantiene a la temperatura justa, he descubierto una mano diminuta que me abraza hasta donde puede, un hociquillo que cuando no mama se oculta bajo mi pecho para buscar mi calor, he descubierto a qué huele el amor y con ello la bendición de ser madre.

Si, también he descubierto que podía dormir en 20 cm, que una cama de 1,60 da para muy poco, que dormir a los pies de la cama no es tan incómodo y que mi hijo tiene mas fuerza en los pies que yo en ninguna parte de mi cuerpo, pero por fin hago colecho sin dar explicaciones a nadie, sin miedo al futuro, sin pensar en si esta bien o mal, sin que sea una obligación para poder descansar, hago colecho porque para mi es una bendición y hacerlo sin miedo, sin clichés, es una experiencia más que religiosa.

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