Abuelo desde el alma

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Que los niños no siempre dicen la verdad, a veces les gusta chincharnos y hacernos de rabiar y eso era, justo, lo que le pasaba a Abraham con el abuelo Antonio.

Le buscaba, le miraba y cuando él le llamaba o solicitaba un beso, Abraham salía corriendo, le hacía gracia huir. Tal vez a sabiendas de que él nunca pelearía por el beso, de que no saldría corriendo tras él. Tal vez la gracia del juego era esa, pedir y no dar, chinchar.

El abuelo se resignaba a los besos de despedida, a los lanzados desde una mano pequeñita y a los “hasta pronto, hasta la próxima y hasta mañanas” que suelta mi niño, todos seguidos, como si fueran parte de un ritual.

Pero la enfermedad hizo que el abuelo ejerza desde el alma y un día se fue, para no volver a jugar. Abraham le busca por la casa, en su despacho, en la terraza, en la cama…”el abuelo ahora está con las estrellas”…y Abraham insiste “no mamá, está durmiendo en su cama!” resigando a esperar a mañana para su juego de negar los besos, para las huidas por el pasillo y las risas nerviosas del “casi te pillo”.

Y hoy ya, no preguntó, su rutina le hizo fuerte, habrá quien piense que se olvidó; yo sé que aún le siente, ejerciendo de abuelo desde el alma, sentado en algún rincón del patio, observando su juego, esperando el beso furtivo, paseando a hurtadillas, sin ruido, como si fuera descalzo, apareciendo de la nada de pronto, como solía hacer en su propia casa. Tomándose un café sólo, en su taza. A sabiendas que Abraham le percibe ejerciendo, a partir de ahora y siempre, desde el alma.

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